Yo no sé si esto es una historia que parece cuento o un cuento que parece historia; lo que puedo decir es que en su fondo hay una verdad, una verdad muy triste, de la que acaso yo seré uno de los últimos en aprovecharme, dadas mis condiciones de imaginación.
Otro, con esta idea, tal vez hubiera hecho un tomo de filosofía lacrimosa; yo he escrito esta leyenda que, a los que nada vean en su fondo, al menos podrá entretenerles un rato.
Era noble, había nacido entre el estruendo de las armas, y el insólito clamor de una trompa de guerra no le hubiera hecho levantar la cabeza un instante ni apartar sus ojos un punto del oscuro pergamino en que leía la última cantiga de un trovador.
Los que quisieran encontrarle, no lo debían buscar en el anchuroso patio de su castillo, donde los palafreneros domaban los potros, los pajes enseñaban a volar a los halcones, y los soldados se entretenían los días de reposo en afilar el hierro de su lanza contra una piedra.
-¿Dónde está Manrique, dónde está vuestro señor? -preguntaba algunas veces su madre.
-No sabemos -respondían sus servidores:- acaso estará en el claustro del monasterio de la Peña, sentado al borde de una tumba, prestando oído a ver si sorprende alguna palabra de la conversación de los muertos; o en el puente, mirando correr unas tras otras las olas del río por debajo de sus arcos; o acurrucado en la quiebra de una roca y entretenido en contar las estrellas del cielo, en seguir una nube con la vista o contemplar los fuegos fatuos que cruzan como exhalaciones sobre el haz de las lagunas. En cualquiera parte estará menos en donde esté todo el mundo.
En efecto, Manrique amaba la soledad, y la amaba de tal modo, que algunas veces hubiera deseado no tener sombra, porque su sombra no le siguiese a todas partes.
Amaba la soledad, porque en su seno, dando rienda suelta a la imaginación, forjaba un mundo fantástico, habitado por extrañas creaciones, hijas de sus delirios y sus ensueños de poeta, tanto, que nunca le habían satisfecho las formas en que pudiera encerrar sus pensamientos, y nunca los había encerrado al escribirlos.
Creía que entre las rojas ascuas del hogar habitaban espíritus de fuego de mil colores, que corrían como insectos de oro a lo largo de los troncos encendidos, o danzaban en una luminosa ronda de chispas en la cúspide de las llamas, y se pasaba las horas muertas sentado en un escabel junto a la alta chimenea gótica, inmóvil y con los ojos fijos en la lumbre.
Creía que en el fondo de las ondas del río, entre los musgos de la fuente y sobre los vapores del lago, vivían unas mujeres misteriosas, hadas, sílfides u ondinas, que exhalaban lamentos y suspiros, o cantaban y se reían en el monótono rumor del agua, rumor que oía en silencio intentando traducirlo.
En las nubes, en el aire, en el fondo de los bosques, en las grietas de las peñas, imaginaba percibir formas o escuchar sonidos misteriosos, formas de seres sobrenaturales, palabras ininteligibles que no podía comprender.
¡Amar! Había nacido para soñar el amor, no para sentirlo. Amaba a todas las mujeres un instante: a ésta porque era rubia, a aquélla porque tenía los labios rojos, a la otra porque se cimbreaba al andar como un junco.
Algunas veces llegaba su delirio hasta el punto de quedarse una noche entera mirando a la luna, que flotaba en el cielo entre un vapor de plata, o a las estrellas que temblaban a lo lejos como los cambiantes de las piedras preciosas. En aquellas largas noches de poético insomnio, exclamaba:
-Si es verdad, como el prior de la Peña me ha dicho, que es posible que esos puntos de luz sean mundos; si es verdad que en ese globo de nácar que rueda sobre las nubes habitan gentes, ¡qué mujeres tan hermosas serán las mujeres de esas regiones luminosas, y yo no podré verlas, y yo no podré amarlas!... ¿Cómo será su hermosura?... ¿Cómo será su amor?...
Manrique no estaba aún lo bastante loco para que le siguiesen los muchachos, pero sí lo suficiente para hablar y gesticular a solas, que es por donde se empieza.
Sobre el Duero, que pasaba lamiendo las carcomidas y oscuras piedras de las murallas de Soria, hay un puente que conduce de la ciudad al antiguo convento de los Templarios, cuyas posesiones se extendían a lo largo de la opuesta margen del río.
En la época a que nos referimos, los caballeros de la Orden habían ya abandonado sus históricas fortalezas; pero aún quedaban en pie los restos de los anchos torreones de sus muros, aún se veían, como en parte se ven hoy, cubiertos de hiedra y campanillas blancas, los macizos arcos de su claustro, las prolongadas galerías ojivales de sus patios de armas, en las que suspiraba el viento con un gemido, agitando las altas hierbas.
En los huertos y en los jardines, cuyos senderos no hollaban hacía muchos años las plantas de los religiosos, la vegetación, abandonada a sí misma, desplegaba todas sus galas, sin temor de que la mano del hombre la mutilase, creyendo embellecerla. Las plantas trepadoras subían encaramándose por los añosos troncos de los árboles; las sombrías calles de álamos, cuyas copas se tocaban y se confundían entre sí, se habían cubierto de césped; los cardos silvestres y las ortigas brotaban en medio de los enarenados caminos, y en dos trozos de fábrica, próximos a desplomarse, el jaramago, flotando al viento como el penacho de una cimera, y las campanillas blancas y azules, balanceándose como en un columpio sobre sus largos y flexibles tallos, pregonaban la victoria de la destrucción y la ruina.
Era de noche; una noche de verano, templada, llena de perfumes y de rumores apacibles, y con una luna blanca y serena, en mitad de un cielo azul, luminoso y transparente.
Manrique, presa su imaginación de un vértigo de poesía, después de atravesar el puente, desde donde contempló un momento la negra silueta de la ciudad, que se destacaba sobre el fondo de algunas nubes blanquecinas y ligeras arrolladas en el horizonte, se internó en las desiertas ruinas de los Templarios.
La media noche tocaba a su punto. La luna, que se había ido remontando lentamente, estaba ya en lo más alto del cielo, cuando al entrar en una oscura alameda que conducía desde el derruido claustro a la margen del Duero, Manrique exhaló un grito leve y ahogado, mezcla extraña de sorpresa, de temor y de júbilo.
En el fondo de la sombría alameda había visto agitarse una cosa blanca, que flotó un momento y desapareció en la oscuridad. La orla del traje de una mujer, de una mujer que había cruzado el sendero y se ocultaba entre el follaje, en el mismo instante en que el loco soñador de quimeras o imposibles penetraba en los jardines.
-¡Una mujer desconocida!... ¡En este sitio!..., ¡a estas horas! Esa, esa es la mujer que yo busco -exclamó Manrique; y se lanzó en su seguimiento, rápido como una saeta.
Llegó al punto en que había visto perderse entre la espesura de las ramas a la mujer misteriosa. Había desaparecido. ¿Por dónde? Allá lejos, muy lejos, creyó divisar por entre los cruzados troncos de los árboles como una claridad o una forma blanca que se movía.
-¡Es ella, es ella, que lleva alas en los pies y huye como una sombra! -dijo, y se precipitó en su busca, separando con las manos las redes de hiedra que se extendían como un tapiz de unos en otros álamos. Llegó rompiendo por entre la maleza y las plantas parásitas hasta una especie de rellano que iluminaba la claridad del cielo... ¡Nadie!
-¡Ah!, por aquí, por aquí va -exclamó entonces-. Oigo sus pisadas sobre las hojas secas, y el crujido de su traje que arrastra por el suelo y roza en los arbustos; -y corría y corría como un loco de aquí para allá, y no la veía. -Pero siguen sonando sus pisadas -murmuró otra vez;- creo que ha hablado; no hay duda, ha hablado... El viento que suspira entre las ramas; las hojas, que parece que rezan en voz baja, me han impedido oír lo que ha dicho; pero no hay duda, va por ahí, ha hablado... ha hablado... ¿En qué idioma? No sé, pero es una lengua extranjera... Y tornó a correr en su seguimiento, unas veces creyendo verla, otras pensando oírla; ya notando que las ramas, por entre las cuales había desaparecido, se movían; ya imaginando distinguir en la arena la huella de sus propios pies; luego, firmemente persuadido de que un perfume especial que aspiraba a intervalos era un aroma perteneciente a aquella mujer que se burlaba de él, complaciéndose en huirle por entre aquellas intrincadas malezas. ¡Afán inútil!
Vagó algunas horas de un lado a otro fuera de sí, ya parándose para escuchar, ya deslizándose con las mayores precauciones sobre la hierba, ya en una carrera frenética y desesperada.
Avanzando, avanzando por entre los inmensos jardines que bordaban la margen del río, llegó al fin al pie de las rocas sobre que se eleva la ermita de San Saturio.
-Tal vez, desde esta altura podré orientarme para seguir mis pesquisas a través de ese confuso laberinto -exclamó trepando de peña en peña con la ayuda de su daga.
Llegó a la cima, desde la que se descubre la ciudad en lontananza y una gran parte del Duero que se retuerce a sus pies, arrastrando una corriente impetuosa y oscura por entre las corvas márgenes que lo encarcelan.
Manrique, una vez en lo alto de las rocas, tendió la vista a su alrededor; pero al tenderla y fijarla al cabo en un punto, no pudo contener una blasfemia.
La luz de la luna rielaba chispeando en la estela que dejaba en pos de sí una barca que se dirigía a todo remo a la orilla opuesta.
En aquella barca había creído distinguir una forma blanca y esbelta, una mujer sin duda, la mujer que había visto en los Templarios, la mujer de sus sueños, la realización de sus más locas esperanzas. Se descolgó de las peñas con la agilidad de un gamo, arrojó al suelo la gorra, cuya redonda y larga pluma podía embarazarle para correr, y desnudándose del ancho capotillo de terciopelo, partió como una exhalación hacia el puente.
Pensaba atravesarlo y llegar a la ciudad antes que la barca tocase en la otra orilla. ¡Locura! Cuando Manrique llegó jadeante y cubierto de sudor a la entrada, ya los que habían atravesado el Duero por la parte de San Saturio, entraban en Soria por una de las puertas del muro, que en aquel tiempo llegaba hasta la margen del río, en cuyas aguas se retrataban sus pardas almenas.
Aunque desvanecida su esperanza de alcanzar a los que habían entrado por el postigo de San Saturio, no por eso nuestro héroe perdió la de saber la casa que en la ciudad podía albergarlos. Fija en su mente esta idea, penetró en la población, y dirigiéndose hacia el barrio de San Juan, comenzó a vagar por sus calles a la ventura.
Las calles de Soria eran entonces, y lo son todavía, estrechas, oscuras y tortuosas. Un silencio profundo reinaba en ellas, silencio que sólo interrumpían, ora el lejano ladrido de un perro; ora el rumor de una puerta al cerrarse, ora el relincho de un corcel que piafando hacía sonar la cadena que le sujetaba al pesebre en las subterráneas caballerizas.
Manrique, con el oído atento a estos rumores de la noche, que unas veces le parecían los pasos de alguna persona que había doblado ya la última esquina de un callejón desierto, otras, voces confusas de gentes que hablaban a sus espaldas y que a cada momento esperaba ver a su lado, anduvo algunas horas, corriendo al azar de un sitio a otro.
Por último, se detuvo al pie de un caserón de piedra, oscuro y antiquísimo, y al detenerse brillaron sus ojos con una indescriptible expresión de alegría. En una de las altas ventanas ojivales de aquel que pudiéramos llamar palacio, se veía un rayo de luz templada y suave que, pasando a través de unas ligeras colgaduras de seda color de rosa, se reflejaba en el negruzco y grieteado paredón de la casa de enfrente.
-No cabe duda; aquí vive mi desconocida -murmuró el joven en voz baja sin apartar un punto sus ojos de la ventana gótica;- aquí vive. Ella entró por el postigo de San Saturio... por el postigo de San Saturio se viene a este barrio... en este barrio hay una casa, donde pasada la media noche aún hay gente en vela... ¿En vela? ¿Quién sino ella, que vuelve de sus nocturnas excursiones, puede estarlo a estas horas?... No hay más; ésta es su casa.
En esta firme persuasión, y revolviendo en su cabeza las más locas y fantásticas imaginaciones, esperó el alba frente a la ventana gótica, de la que en toda la noche no faltó la luz ni él separó la vista un momento.
Cuando llegó el día, las macizas puertas del arco que daba entrada al caserón, y sobre cuya clave se veían esculpidos los blasones de su dueño, giraron pesadamente sobre los goznes, con un chirrido prolongado y agudo. Un escudero reapareció en el dintel con un manojo de llaves en la mano, restregándose los ojos y enseñando al bostezar una caja de dientes capaces de dar envidia a un cocodrilo.
Verle Manrique y lanzarse a la puerta, todo fue obra de un instante.
-¿Quién habita en esta casa? ¿Cómo se llama ella? ¿De dónde es? ¿A qué ha venido a Soria? ¿Tiene esposo? Responde, responde, animal -ésta fue la salutación que, sacudiéndole el brazo violentamente, dirigió al pobre escudero, el cual, después de mirarle un buen espacio de tiempo con ojos espantados y estúpidos, le contestó con voz entrecortada por la sorpresa:
-En esta casa vive el muy honrado señor D. Alonso de Valdecuellos, montero mayor de nuestro señor el rey, que herido en la guerra contra moros, se encuentra en esta ciudad reponiéndose de sus fatigas.
-Pero ¿y su hija? -interrumpió el joven impaciente;- ¿y su hija, o su hermana; o su esposa, o lo que sea?
-No tiene ninguna mujer consigo.
-¡No tiene ninguna!... Pues ¿quién duerme allí en aquel aposento, donde toda la noche he visto arder una luz?
-¿Allí? Allí duerme mi señor D. Alonso, que, como se halla enfermo, mantiene encendida su lámpara hasta que amanece.
Un rayo cayendo de improviso a sus pies no le hubiera causado más asombro que el que le causaron estas palabras.
-Yo la he de encontrar, la he de encontrar; y si la encuentro, estoy casi seguro de que he de conocerla... ¿En qué?... Eso es lo que no podré decir... pero he de conocerla. El eco de sus pisadas o una sola palabra suya que vuelva a oír, un extremo de su traje, un solo extremo que vuelva a ver, me bastarán para conseguirlo. Noche y día estoy mirando flotar delante de mis ojos aquellos pliegues de una tela diáfana y blanquísima; noche y día me están sonando aquí dentro, dentro de la cabeza, el crujido de su traje, el confuso rumor de sus ininteligibles palabras... ¿Qué dijo?... ¿qué dijo? ¡Ah!, si yo pudiera saber lo que dijo, acaso... pero aún sin saberlo la encontraré... la encontraré; me lo da el corazón, y mi corazón no me engaña nunca. Verdad es que ya he recorrido inútilmente todas las calles de Soria; que he pasado noches y noches al sereno, hecho poste de una esquina; que he gastado más de veinte doblas en oro en hacer charlar a dueñas y escuderos; que he dado agua bendita en San Nicolás a una vieja, arrebujada con tal arte en su manto de anascote, que se me figuró una deidad; y al salir de la Colegiata una noche de maitines, he seguido como un tonto la litera del arcediano, creyendo que el extremo de sus holapandas era el del traje de mi desconocida; pero no importa... yo la he de encontrar, y la gloria de poseerla excederá seguramente al trabajo de buscarla.
¿Cómo serán sus ojos?... Deben de ser azules, azules y húmedos como el cielo de la noche; me gustan tanto los ojos de ese color; son tan expresivos, tan melancólicos, tan... Sí... no hay duda; azules deben de ser, azules son, seguramente; y sus cabellos negros, muy negros y largos para que floten... Me parece que los vi flotar aquella noche, al par que su traje, y eran negros... no me engaño, no; eran negros.
¡Y qué bien sientan unos ojos azules, muy rasgados y adormidos, y una cabellera suelta, flotante y oscura, a una mujer alta... porque... ella es alta, alta y esbelta como esos ángeles de las portadas de nuestras basílicas, cuyos ovalados rostros envuelven en un misterioso crepúsculo las sombras de sus doseles de granito! ¡Su voz!... su voz la he oído... su voz es suave como el rumor del viento en las hojas de los álamos, y su andar acompasado y majestuoso como las cadencias de una música.
Y esa mujer, que es hermosa como el más hermoso de mis sueños de adolescente, que piensa como yo pienso, que gusta como yo gusto, que odia lo que yo odio, que es un espíritu humano de mi espíritu, que es el complemento de mi ser, ¿no se ha de sentir conmovida al encontrarme? ¿No me ha de amar como yo la amaré, como la amo ya, con todas las fuerzas de mi vida, con todas las facultades de mi alma?
Vamos, vamos al sitio donde la vi la primera y única vez que le he visto... ¿Quién sabe si, caprichosa como yo, amiga de la soledad y el misterio, como todas las almas soñadoras, se complace en vagar por entre las ruinas, en el silencio de la noche?
Dos meses habían transcurrido desde que el escudero de D. Alonso de Valdecuellos desengañó al iluso Manrique; dos meses durante los cuales en cada hora había formado un castillo en el aire, que la realidad desvanecía con un soplo; dos meses, durante los cuales había buscado en vano a aquella mujer desconocida, cuyo absurdo amor iba creciendo en su alma, merced a sus aún más absurdas imaginaciones, cuando después de atravesar absorto en estas ideas el puente que conduce a los Templarios, el enamorado joven se perdió entre las intrincadas sendas de sus jardines.
La noche estaba serena y hermosa, la luna brillaba en toda su plenitud en lo más alto del cielo, y el viento suspiraba con un rumor dulcísimo entre las hojas de los árboles.
Manrique llegó al claustro, tendió la vista por su recinto y miró a través de las macizas columnas de sus arcadas... Estaba desierto.
Salió de él, encaminó sus pasos hacia la oscura alameda que conduce al Duero, y aún no había penetrado en ella, cuando de sus labios se escapó un grito de júbilo.
Había visto flotar un instante y desaparecer el extremo del traje blanco, del traje blanco de la mujer de sus sueños, de la mujer que ya amaba como un loco.
Corre, corre en su busca, llega al sitio en que la ha visto desaparecer; pero al llegar se detiene, fija los espantados ojos en el suelo, permanece un rato inmóvil; un ligero temblor nervioso agita sus miembros, un temblor que va creciendo, que va creciendo y ofrece los síntomas de una verdadera convulsión, y prorrumpe al fin una carcajada, una carcajada sonora, estridente, horrible.
Aquella cosa blanca, ligera, flotante, había vuelto a brillar ante sus ojos, pero había brillado a sus pies un instante, no más que un instante.
Era un rayo de luna, un rayo de luna que penetraba a intervalos por entre la verde bóveda de los árboles cuando el viento movía sus ramas.
Habían pasado algunos años. Manrique, sentado en un sitial junto a la alta chimenea gótica de su castillo, inmóvil casi y con una mirada vaga e inquieta como la de un idiota, apenas prestaba atención ni a las caricias de su madre, ni a los consuelos de sus servidores.
-Tú eres joven, tú eres hermoso -le decía aquélla;- ¿por qué te consumes en la soledad? ¿Por qué no buscas una mujer a quien ames, y que amándote pueda hacerte feliz?
-¡El amor!... El amor es un rayo de luna -murmuraba el joven.
-¿Por qué no despertáis de ese letargo? -le decía uno de sus escuderos;- os vestís de hierro de pies a cabeza, mandáis desplegar al aire vuestro pendón de ricohombre, y marchamos a la guerra: en la guerra se encuentra la gloria.
-¡La gloria!... La gloria es un rayo de luna.
-¿Queréis que os diga una cantiga, la última que ha compuesto mosén Arnaldo, el trovador provenzal?
-¡No! ¡No! -exclamó el joven incorporándose colérico en su sitial-; no quiero nada... es decir, sí quiero... quiero que me dejéis solo... Cantigas... mujeres... glorias... felicidad... mentiras todo, fantasmas vanos que formamos en nuestra imaginación y vestimos a nuestro antojo, y los amamos y corremos tras ellos, ¿para qué?, ¿para qué?, para encontrar un rayo de luna.
Manrique estaba loco: por lo menos, todo el mundo lo creía así. A mí, por el contrario, se me figuraba que lo que había hecho era recuperar el juicio.
-Gustavo Adolfo Bécquer
"Soy de ese tipo de personas que no entienden muy bien las cosas hasta que las ponen por escrito"
martes, 8 de noviembre de 2011
domingo, 23 de octubre de 2011
Hacía tiempo que un domingo...
... no era tan domingo.
El invierno volvió de repente, y con él, un millón de recuerdos. Recuerdos cálidos que vuelven con el frío. Recuerdos de domingo. De días en casa, sin sacarse el pijama, con la única compañía de un cacao caliente y una película. Días sin hacer nada. Días en los que ella se pasaba horas tumbada en cama, pensando en a saber qué, escuchando música, o en los que se sentaba en su viejo escritorio, y se ponía a escribir, mientras miraba por la ventana y contemplaba el temporal. Días fríos, que pasaba tapada con una manta en el sofá, y leía un libro. Recuerdos... Siempre se paraba a pensar en todo lo que habían cambiado las cosas en un año, todo había girado hasta quedarse al revés, y cuando había vuelto a ponerse al derecho, ya nada estaba en su sitio.Todo era distinto, y, sin embargo...
los domingos seguían siendo iguales.
El invierno volvió de repente, y con él, un millón de recuerdos. Recuerdos cálidos que vuelven con el frío. Recuerdos de domingo. De días en casa, sin sacarse el pijama, con la única compañía de un cacao caliente y una película. Días sin hacer nada. Días en los que ella se pasaba horas tumbada en cama, pensando en a saber qué, escuchando música, o en los que se sentaba en su viejo escritorio, y se ponía a escribir, mientras miraba por la ventana y contemplaba el temporal. Días fríos, que pasaba tapada con una manta en el sofá, y leía un libro. Recuerdos... Siempre se paraba a pensar en todo lo que habían cambiado las cosas en un año, todo había girado hasta quedarse al revés, y cuando había vuelto a ponerse al derecho, ya nada estaba en su sitio.Todo era distinto, y, sin embargo...
los domingos seguían siendo iguales.
sábado, 22 de octubre de 2011
No os esforcéis, ni yo lo entiendo.
Cuantas veces le damos importancia a las cosas más tontas... Ahora mismo, con las manos congeladas y la nariz roja por el frío, intento escribir lo que siento, pero ni yo lo sé. Hace un momento sonreía, sonreía sin más porque el viento soplaba, porque las hojas de los árboles volaban con él, porque el otoño por fin era otoño, y no una mezcla entre verano e invierno. Todo era perfecto y no había nada por lo que preocuparse. Pero, a veces, de repente, el viento trae palabras sueltas, sin ningún sentido, que interpretamos como mejor nos parece, o como peor. Nunca se sabe. ¿Qué más da? El sentido común te dice, no hagas nada, no sabes de lo que se trata, olvídalo, seguro que no tiene importancia... pero hay otra parte de ti que te dice, ¿lo ves? Todo era mentira, todos te están engañando. Nada es real.
Al final no le haces caso a ninguna de las dos. Te comportas de una manera estúpida, pero no dices el por qué y... todo se vuelve confuso, no sabes nada, pero lo sabes todo.
Y aquí estoy, pensando, intentando escribir en un papel qué es lo que se me pasa por la cabeza en momentos así, pero, ni yo lo sé.
Una hoja cae en el banco de madera en el que estoy sentada, la miro, miro a mi alrededor y reparo en el color marrón-amarillo que tiene el día. Todo está precioso. Me doy cuenta de nuevo de lo frías que tengo las manos, y las meto dentro de las mangas del jersey. Las palabras siguen resonando en mi cabeza. Vuelvo a mirar a mi alrededor, y... oh. Allí hay alguien, allí, unos pasos más adelante, hacía demasiado que no le veía... y una mirada inoportuna se cruzó en mi camino. Y si antes lo daría todo por saber lo que significan ciertas palabras al viento, ahora daría lo que fuera por saber lo que significa una mirada cruzada con alguien que no es real. Como nada. Como todo. ¿Qué? No lo sé.
Ojalá pudiesen oírse esos versos que se transmiten de unos ojos a otros. Y ojalá pudiesen verse esas palabras que no dicen nada, y que lo estropean todo.
Al final no le haces caso a ninguna de las dos. Te comportas de una manera estúpida, pero no dices el por qué y... todo se vuelve confuso, no sabes nada, pero lo sabes todo.
Y aquí estoy, pensando, intentando escribir en un papel qué es lo que se me pasa por la cabeza en momentos así, pero, ni yo lo sé.
Una hoja cae en el banco de madera en el que estoy sentada, la miro, miro a mi alrededor y reparo en el color marrón-amarillo que tiene el día. Todo está precioso. Me doy cuenta de nuevo de lo frías que tengo las manos, y las meto dentro de las mangas del jersey. Las palabras siguen resonando en mi cabeza. Vuelvo a mirar a mi alrededor, y... oh. Allí hay alguien, allí, unos pasos más adelante, hacía demasiado que no le veía... y una mirada inoportuna se cruzó en mi camino. Y si antes lo daría todo por saber lo que significan ciertas palabras al viento, ahora daría lo que fuera por saber lo que significa una mirada cruzada con alguien que no es real. Como nada. Como todo. ¿Qué? No lo sé.
Ojalá pudiesen oírse esos versos que se transmiten de unos ojos a otros. Y ojalá pudiesen verse esas palabras que no dicen nada, y que lo estropean todo.
martes, 18 de octubre de 2011
Rendición
Estaba en un bar, con los labios pintados de rojo y otro vaso de aquel whisky barato. Le dolía la cabeza y el mundo le daba vueltas. Todo era un asco. Nada valía la pena. Se terminó el vaso de un trago y pidió otro. No recordaba como había llegado hasta allí, el recuerdo de quién había sido la asaltó de repente. Una niña tonta. Una ilusa. ¿Luchar? ¿De qué servía? Al final todo había acabado mal. Sonrió. Mejor. No había gastado fuerzas y no había sufrido más de la cuenta. Ella ya no dependía de nadie más que del alcohol. Iba y venía sin ataduras, estaba con quién quería, donde quería. Hacía lo que quería, con quién quería. No, perdón, no hacía lo que quería, ni estaba con quién realmente lo deseaba, simplemente hacía lo único que podía hacer. Estaba sola, completamente sola, toda la compañía que tenía a parte de la bebida, duraba una simple noche.
Otro vaso más.
De pronto una canción empezó a sonar... "I just called... to say... i love you..." Y un recuerdo la asaltó. Estaba bailando con un chico alto, moreno. Ella sonreía y cantaba aquella canción de película. A él le daba la risa, la hacía girar sobre si misma, le abrazaba y sin ningún aviso se ponía a hacerle cosquillas. Ella reía y reía sin parar mientras intentaba liberarse, pero no lo conseguía. Al final él paró, sus labios se acercaron y...
Bebió lo que le quedaba y con un grito de rabia, lanzó el vaso contra la pared. Nadie se giró a mirarla, nadie prestó atención a la lluvia de cristales que caía sobre ella, porque allí eran todos iguales. Allí, todos habían renunciado a la vida, todos se habían rendido.
Ella se levantó, tambaleándose y salió de aquel sitio. La canción la ponía nerviosa. Cada vez todo le daba más y más vueltas, decidió ir hasta aquel lugar, donde años atrás, solía ir a contemplar el mundo y a escribir.
Pensó en lo diferente que estaba, en todo lo que había sido mientras ascendía despacio por aquella calle. Tropezó, se le calló un tacón y cayó al suelo. La cabeza estaba a punto de estallarle, y vomitó. Se apoyó contra la pared de una casa, sucia. Tenía las medias rotas, las manos y las rodillas llenas de sangre... supuso que su cara seguiría igual. Volvió a sentir ganas de vomitar, pero se contuvo y se levantó. Se quitó los zapatos y los tiró en una esquina. Despacio se fue acercando hacia aquel muro. Miró hacia abajo... qué alto estaba. Y de repente un trozo de lo que había sido volvió a ella y pensó "La vida, si no tienes motivos por los que luchar, si no tienes nada... no vale la pena vivirla"
"I just called... to say... I love you"
Se subió al muro, sonrió, dijo adiós y...
saltó.
Otro vaso más.
De pronto una canción empezó a sonar... "I just called... to say... i love you..." Y un recuerdo la asaltó. Estaba bailando con un chico alto, moreno. Ella sonreía y cantaba aquella canción de película. A él le daba la risa, la hacía girar sobre si misma, le abrazaba y sin ningún aviso se ponía a hacerle cosquillas. Ella reía y reía sin parar mientras intentaba liberarse, pero no lo conseguía. Al final él paró, sus labios se acercaron y...
Bebió lo que le quedaba y con un grito de rabia, lanzó el vaso contra la pared. Nadie se giró a mirarla, nadie prestó atención a la lluvia de cristales que caía sobre ella, porque allí eran todos iguales. Allí, todos habían renunciado a la vida, todos se habían rendido.
Ella se levantó, tambaleándose y salió de aquel sitio. La canción la ponía nerviosa. Cada vez todo le daba más y más vueltas, decidió ir hasta aquel lugar, donde años atrás, solía ir a contemplar el mundo y a escribir.
Pensó en lo diferente que estaba, en todo lo que había sido mientras ascendía despacio por aquella calle. Tropezó, se le calló un tacón y cayó al suelo. La cabeza estaba a punto de estallarle, y vomitó. Se apoyó contra la pared de una casa, sucia. Tenía las medias rotas, las manos y las rodillas llenas de sangre... supuso que su cara seguiría igual. Volvió a sentir ganas de vomitar, pero se contuvo y se levantó. Se quitó los zapatos y los tiró en una esquina. Despacio se fue acercando hacia aquel muro. Miró hacia abajo... qué alto estaba. Y de repente un trozo de lo que había sido volvió a ella y pensó "La vida, si no tienes motivos por los que luchar, si no tienes nada... no vale la pena vivirla"
"I just called... to say... I love you"
Se subió al muro, sonrió, dijo adiós y...
saltó.
martes, 11 de octubre de 2011
El hombre es el sueño de una sombra
Era por la mañana. Estaba en su gran piso de París. Todavía no tenía muebles, tan solo había un piano y un viejo colchón en el suelo. Se sentía tentada a dejarlo así, pero, estaba sola y tanto espacio libre la agobiaba. Ella, quería enormes muebles antiguos. Espejos, armarios y mesillas de madera oscura. Quería llenar las paredes desde el suelo hasta el techo de estanterías a reventar de libros, de discos y de miles de relojes a distintas horas. Quería paredes llenas de fotos, recortes de periódico, pósters y dibujos. Una casa como ella. Desordenada, a lo loco y sin sentido…
Y una sala completamente vacía, simplemente con una silla, partituras y si gran piano de cola.
Si, tenía la casa perfecta, en la ciudad perfecta.
Se acercó a los grandes ventanales del salón y corrió las cortinas. Un Sol cegador entró de repente y disipó todas sus fantasías. Miró a su alrededor y vio todas las cajas que tenía sin abrir. Todavía le quedaba mucho por hacer. Pero daba igual. Ya estaba allí.
De repente sonó el timbre. Le dio un vuelco al corazón, contestó… Ya le traían todos los muebles.
Al cabo de unas horas ya estaba todo montado. Cada mueble en su sitio, y ella, tumbada en su nueva cama, sonreía. Ya podía empezar.
Se acercó a la caja que tenía más próxima y la abrió.
No comió nada en todo el día a parte de una pequeña manzana. No paró hasta que cada cosa estuvo en su sitio. Lo tenía todo pensado, tenía todo lo que quería, como lo quería. A su gusto.
Terminó a altas horas de la noche y estaba muy cansada, pero se sentía satisfecha. Por fin lo había dejado todo atrás, para ella las cadenas ya no existían, ya no amaba a nadie. Aunque, nunca nadie había existido. Todo eran mentiras y ahora volvía a tener la oportunidad de empezar de nuevo con una vieja amiga, la verdad.
Ya no echaba de menos nada, ni a nadie… O eso se repetía una y otra vez. Que tonta era, No sabía nada, o si, pero, intentaba volver a empezara empezar de nuevo sin pensar, intentaba que su vida fuese real, que ella fuese real mintiéndose. Empezaba con una mentira. Y de las peores, se mentía a ella misma, una y otra vez, además, en el fondo, lo sabía, pero daba igual, no iba a reconocerlo. Estaba…. ¿feliz? No. Simplemente no estaba. No sabía donde estaba. Desde luego no en la realidad. Pero no se paró a pensarlo, daba igual.
Decidió estrenar la ducha. Cogió una toalla y su bata de seda negra. Se desnudó y dejó la ropa tirada en el suelo. Se metió en la ducha, abrió el agua caliente y cerró los ojos. Sintió el agua recorriendo su piel…
Cuando acabó, se secó despacio y solamente se puso la pequeña bata. Se peinó el pelo y se enrolló una toalla. Se miró al espejo y vio sus ojos apagados, más marrones de lo normal, como solían ponérsele cuando algo no iba bien, pero no le prestó atención, sería la luz… Ahora todo era así, ella ya no pensaba, daba igual.
Cuando iba a sentarse al piano volvió a sonar el timbre. Que raro… eran por lo menos las 3 de la madrugada. No iba abrir, tenía miedo, pero aquella persona insistía, quizás necesitase ayuda, o… Con miedo, sin hacer ruido, fue hacia la puerta, temblando sin poder contenerse la abrió y… apareció sin más, todo aquello que quería dejar atrás. Apareció el pasado.
Si, allí estaba él. Serio, y de pronto ella casi no podía aguantarse de pie. Se agarró al marco de la puerta, intentando no caer, intentando no llorar, no derrumbarse de nuevo ante sus ojos verdes…
-¿Qué… qué haces aquí?
-Te fuiste sin despedirte.
Se hizo el silencio. Ella lo miró y ya no pudo aguantarlo más, lágrimas y más lágrimas empezaron a recorrer su cara cuando dijo:
-Tú…tú…me dejaste- Y tras pronunciar aquellas palabras se desmayó.
Despertó un poco más tumbada en cama y sintió una mano sobre la suya. Se giró con cuidado de no hacer ruido y lo vio. Sentado en el suelo, con la cabeza apoyada en la madera de la cama, dormido. El viaje había sido demasiado largo. ¿Y total para qué? ¿Para verla a ella? No… No soportó aquella visión, quiso morir. Quiso gritar, quiso abrir la ventana y dejar que se la tragara el vacío. Rabia, tristeza, impotencia… Pero por otra parte, ¿amor? ¿alegría? No sabía lo que sentía. Él había vuelto y eso significaba algo, y ella sabía el que, pero no quería aceptarlo. En parte quizás porque era demasiado orgullosa, y en parte por miedo. Por miedo a volver a sufrir.
De pronto, llorando, cerró los ojos y sonrió. Le quería, y había sido así desde aquel día tan extraño. Aunque intentase dejarlo atrás, no podía. Presente, pasado y fututo. Casi le dio un ataque de risa, todo era una tontería. Saltó de la cama, así, llorando y riendo. Él despertó y sin más ella le besó. Los relojes se pararon y el tiempo dejó de existir. Se abrazaron y ella suspiró.
Joder, estaba completamente loca.
Y una sala completamente vacía, simplemente con una silla, partituras y si gran piano de cola.
Si, tenía la casa perfecta, en la ciudad perfecta.
Se acercó a los grandes ventanales del salón y corrió las cortinas. Un Sol cegador entró de repente y disipó todas sus fantasías. Miró a su alrededor y vio todas las cajas que tenía sin abrir. Todavía le quedaba mucho por hacer. Pero daba igual. Ya estaba allí.
De repente sonó el timbre. Le dio un vuelco al corazón, contestó… Ya le traían todos los muebles.
Al cabo de unas horas ya estaba todo montado. Cada mueble en su sitio, y ella, tumbada en su nueva cama, sonreía. Ya podía empezar.
Se acercó a la caja que tenía más próxima y la abrió.
No comió nada en todo el día a parte de una pequeña manzana. No paró hasta que cada cosa estuvo en su sitio. Lo tenía todo pensado, tenía todo lo que quería, como lo quería. A su gusto.
Terminó a altas horas de la noche y estaba muy cansada, pero se sentía satisfecha. Por fin lo había dejado todo atrás, para ella las cadenas ya no existían, ya no amaba a nadie. Aunque, nunca nadie había existido. Todo eran mentiras y ahora volvía a tener la oportunidad de empezar de nuevo con una vieja amiga, la verdad.
Ya no echaba de menos nada, ni a nadie… O eso se repetía una y otra vez. Que tonta era, No sabía nada, o si, pero, intentaba volver a empezara empezar de nuevo sin pensar, intentaba que su vida fuese real, que ella fuese real mintiéndose. Empezaba con una mentira. Y de las peores, se mentía a ella misma, una y otra vez, además, en el fondo, lo sabía, pero daba igual, no iba a reconocerlo. Estaba…. ¿feliz? No. Simplemente no estaba. No sabía donde estaba. Desde luego no en la realidad. Pero no se paró a pensarlo, daba igual.
Decidió estrenar la ducha. Cogió una toalla y su bata de seda negra. Se desnudó y dejó la ropa tirada en el suelo. Se metió en la ducha, abrió el agua caliente y cerró los ojos. Sintió el agua recorriendo su piel…
Cuando acabó, se secó despacio y solamente se puso la pequeña bata. Se peinó el pelo y se enrolló una toalla. Se miró al espejo y vio sus ojos apagados, más marrones de lo normal, como solían ponérsele cuando algo no iba bien, pero no le prestó atención, sería la luz… Ahora todo era así, ella ya no pensaba, daba igual.
Cuando iba a sentarse al piano volvió a sonar el timbre. Que raro… eran por lo menos las 3 de la madrugada. No iba abrir, tenía miedo, pero aquella persona insistía, quizás necesitase ayuda, o… Con miedo, sin hacer ruido, fue hacia la puerta, temblando sin poder contenerse la abrió y… apareció sin más, todo aquello que quería dejar atrás. Apareció el pasado.
Si, allí estaba él. Serio, y de pronto ella casi no podía aguantarse de pie. Se agarró al marco de la puerta, intentando no caer, intentando no llorar, no derrumbarse de nuevo ante sus ojos verdes…
-¿Qué… qué haces aquí?
-Te fuiste sin despedirte.
Se hizo el silencio. Ella lo miró y ya no pudo aguantarlo más, lágrimas y más lágrimas empezaron a recorrer su cara cuando dijo:
-Tú…tú…me dejaste- Y tras pronunciar aquellas palabras se desmayó.
Despertó un poco más tumbada en cama y sintió una mano sobre la suya. Se giró con cuidado de no hacer ruido y lo vio. Sentado en el suelo, con la cabeza apoyada en la madera de la cama, dormido. El viaje había sido demasiado largo. ¿Y total para qué? ¿Para verla a ella? No… No soportó aquella visión, quiso morir. Quiso gritar, quiso abrir la ventana y dejar que se la tragara el vacío. Rabia, tristeza, impotencia… Pero por otra parte, ¿amor? ¿alegría? No sabía lo que sentía. Él había vuelto y eso significaba algo, y ella sabía el que, pero no quería aceptarlo. En parte quizás porque era demasiado orgullosa, y en parte por miedo. Por miedo a volver a sufrir.
De pronto, llorando, cerró los ojos y sonrió. Le quería, y había sido así desde aquel día tan extraño. Aunque intentase dejarlo atrás, no podía. Presente, pasado y fututo. Casi le dio un ataque de risa, todo era una tontería. Saltó de la cama, así, llorando y riendo. Él despertó y sin más ella le besó. Los relojes se pararon y el tiempo dejó de existir. Se abrazaron y ella suspiró.
Joder, estaba completamente loca.
martes, 4 de octubre de 2011
5 de Octubre de 2011
Todo estaba oscuro, todavía era muy temprano. Exactamente las 7 de la mañana. La niebla cubría todos los rincones de aquella estrecha calle.
Ella caminaba observándolo todo, tranquila. Le encantaban aquellas siluetas hechas de aire, que danzaban a su alrededor. Eso era lo único que distinguía, siluetas... No veía nada más a parte de la acera por la que caminaba. Los altos edificios solo eran unas sombras sin identidad, que de vez en cuando, quedaban descubiertas por los faros de algún coche perdido.
Al cabo de poco tiempo andando, desembocó el lado de una vieja fábrica abandonada. Un gato blanco pasó a su lado y se metió por una ranura que había en la pared. Cruzó la calle y entró en el parque. Se acercó al muro y miró al horizonte. Ya se veía algo más... La niebla iba desapareciendo poco a poco. Contempló las luces encendidas del puerto y los barcos dormidos. Se quedó así un rato, admirando lo bonito que estaba todo al amanecer. Miró el reloj, las 7:15. Se dio la vuelta y se fue. Giró a la derecha y descendió por unas empinadas escaleras. Cruzó y llegó al puerto.
Se paró al lado de la barandilla, escuchando los sonidos de la mañana. El mar le dio los buenos días y le dijo que quería contarle mil historias para que ella las escribiese. Como siempre. Los barcos también la saludaron y la invitaron a vivir historias con ellos... Sonrió. A veces tenía demasiada imaginación. Pero hoy no tenía tiempo, la noche iba desapareciendo. Bajó a las pasarelas... Un, dos y giró a la izquierda. Se metió entre los barcos y llegó al final. Se sentó, cruzó las piernas y apoyó la espalda en aquel barco blanco... La pasarela de madera se movía al compás del mar bajo su cuerpo. Cerró los ojos y llamó al viento, que empezó a soplar.
Le acarició la cara y ella, aún con los ojos cerrados, empezó a llorar. Y mientras las lágrimas la desgarraban poco a poco, le dijo al viento:
-Hola... Tienes que decirle algo... Por favor... tienes que decirle, que... yo... dile...- y se lo contó todo. Le explicó todas y cada una de las cosas que había hecho y el por qué. Le dijo lo que nadie sabía, como jamás lo había contado. Su realidad era distinta a lo que todos veían y aún así, había sido...
Abrió los ojos de pronto, justo a tiempo para escuchar al viento despedirse, con un mensaje invisible.
Se levantó y se secó las lágrimas. Miró todo una vez más y se fue hacia ninguna parte.
***
Un momento después, en otra ciudad el viento entraba por una ventana y despertaba, tirando unos papeles, a un chico con el pelo del color del Sol. Él, se levantó y sin escuchar, cerró la ventana, molesto. El viento intentó entrar, intentó explicarle, pero él solo volvió a tumbarse.
El viento en su intento de decir, se quedó sin palabras, y el Sol, se quedó sin saber.
Ella caminaba observándolo todo, tranquila. Le encantaban aquellas siluetas hechas de aire, que danzaban a su alrededor. Eso era lo único que distinguía, siluetas... No veía nada más a parte de la acera por la que caminaba. Los altos edificios solo eran unas sombras sin identidad, que de vez en cuando, quedaban descubiertas por los faros de algún coche perdido.
Al cabo de poco tiempo andando, desembocó el lado de una vieja fábrica abandonada. Un gato blanco pasó a su lado y se metió por una ranura que había en la pared. Cruzó la calle y entró en el parque. Se acercó al muro y miró al horizonte. Ya se veía algo más... La niebla iba desapareciendo poco a poco. Contempló las luces encendidas del puerto y los barcos dormidos. Se quedó así un rato, admirando lo bonito que estaba todo al amanecer. Miró el reloj, las 7:15. Se dio la vuelta y se fue. Giró a la derecha y descendió por unas empinadas escaleras. Cruzó y llegó al puerto.
Se paró al lado de la barandilla, escuchando los sonidos de la mañana. El mar le dio los buenos días y le dijo que quería contarle mil historias para que ella las escribiese. Como siempre. Los barcos también la saludaron y la invitaron a vivir historias con ellos... Sonrió. A veces tenía demasiada imaginación. Pero hoy no tenía tiempo, la noche iba desapareciendo. Bajó a las pasarelas... Un, dos y giró a la izquierda. Se metió entre los barcos y llegó al final. Se sentó, cruzó las piernas y apoyó la espalda en aquel barco blanco... La pasarela de madera se movía al compás del mar bajo su cuerpo. Cerró los ojos y llamó al viento, que empezó a soplar.
Le acarició la cara y ella, aún con los ojos cerrados, empezó a llorar. Y mientras las lágrimas la desgarraban poco a poco, le dijo al viento:
-Hola... Tienes que decirle algo... Por favor... tienes que decirle, que... yo... dile...- y se lo contó todo. Le explicó todas y cada una de las cosas que había hecho y el por qué. Le dijo lo que nadie sabía, como jamás lo había contado. Su realidad era distinta a lo que todos veían y aún así, había sido...
Abrió los ojos de pronto, justo a tiempo para escuchar al viento despedirse, con un mensaje invisible.
Se levantó y se secó las lágrimas. Miró todo una vez más y se fue hacia ninguna parte.
***
Un momento después, en otra ciudad el viento entraba por una ventana y despertaba, tirando unos papeles, a un chico con el pelo del color del Sol. Él, se levantó y sin escuchar, cerró la ventana, molesto. El viento intentó entrar, intentó explicarle, pero él solo volvió a tumbarse.
El viento en su intento de decir, se quedó sin palabras, y el Sol, se quedó sin saber.
domingo, 2 de octubre de 2011
Echar de menos lo inexistente
Todavía era por la mañana. Hacía buen día, muy buen día... Parecía verano. Mientras miraba por la ventana, la brisa caliente del mar le acariciaba la cara y le revolvía el pelo.Contemplaba el paisaje y pensaba en lo bien que se estaba sin sujetador. De vez en cuando cerraba los ojos y respiraba... Se sentía genial. Solamente llevaba unas pequeñas bragas negras pero aún así tenía calor. Qué Octubre tan raro.
Se giró y miró hacia su viejo escritorio. En él una libreta abierta, sin escribir... completamente en blanco. A su lado, un bolígrafo.
Se quedó observando sin pensar. Se acercó y se sentó en la silla. Hacía mucho tiempo que había dejado de escribir, hacía mucho tiempo que no tenía nada que decir... pensó que quizás también debería dejar de hablar. Sonrió. Cogió el paquete de tabaco y encendió un cigarro.
El Sol hacía que su piel brillara y dibujaba sombras en la habitación. Todo había cambiado, pero, todo seguía igual. Aquella casa siempre le hacía echar en falta algo, pero nunca sabía el qué. Aquella vieja casa siempre la había inspirado para escribir cosas sin sentido, para llamar a lo invisible, para echar de menos lo inexistente, pero, ahora...
Se levantó y se miró en el gran espejo. Su larga melena ya le llegaba por debajo de la cintura. Quiso pensar... quiso volver a soñar como antes. Como siempre, pero... Simplemente se hizo una trenza, encendió otro cigarro y volvió a la ventana.
Se giró y miró hacia su viejo escritorio. En él una libreta abierta, sin escribir... completamente en blanco. A su lado, un bolígrafo.
Se quedó observando sin pensar. Se acercó y se sentó en la silla. Hacía mucho tiempo que había dejado de escribir, hacía mucho tiempo que no tenía nada que decir... pensó que quizás también debería dejar de hablar. Sonrió. Cogió el paquete de tabaco y encendió un cigarro.
El Sol hacía que su piel brillara y dibujaba sombras en la habitación. Todo había cambiado, pero, todo seguía igual. Aquella casa siempre le hacía echar en falta algo, pero nunca sabía el qué. Aquella vieja casa siempre la había inspirado para escribir cosas sin sentido, para llamar a lo invisible, para echar de menos lo inexistente, pero, ahora...
Se levantó y se miró en el gran espejo. Su larga melena ya le llegaba por debajo de la cintura. Quiso pensar... quiso volver a soñar como antes. Como siempre, pero... Simplemente se hizo una trenza, encendió otro cigarro y volvió a la ventana.
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