Los arrebatos de amor nunca son planeados, ni las lágrimas cuando una melodía te abre cada poro de la piel y te eriza el corazón.
No hay premeditación en los sentimientos, no hay proyecto, simplemente, son, y son.
No puedes planear cuando sonreír, ni cuando cierras los ojos mientras vuelas y sientes el viento en la cara, ni cuando ponerte colorado, ni cuando vas a mover el pie al ritmo de una canción que te enamora, ni cuando vas a echar a correr de felicidad, mientras cantas y das vueltas al son de la arena.
No podemos trazar la dirección de una caricia, ni el sentido de un beso. No podemos encarcelar lágrimas incontenibles, ni prevenir despedidas. Ni encuentros...
Y si al final lo trascendente, lo vital, son las cosas que no podemos programar, ¿por qué nos empeñamos en medirlo todo? La vida no es más que un suspiro y al desenlace de este poema amargo, de esta historia que todos somos y que caerá en el olvido, solo quedan nuestros propios recuerdos.
Después de tantos planes, de tanta organización... de tantas cadenas.
Después de todo, nada.
¿Y no sería mejor simplemente... vivir?
"Soy de ese tipo de personas que no entienden muy bien las cosas hasta que las ponen por escrito"
jueves, 11 de octubre de 2012
miércoles, 5 de septiembre de 2012
Tú mismo
Llovía. Las gotas golpeaban la ventana de su cocina y su ruido se acompasaba con el de las agujas del reloj. Formaban una melodía extraña.
El tiempo lloraba y dolía, pero nunca dejaba de pasar. Aunque ahora ya le daba igual.
En realidad, no le estaba prestando atención, simplemente, miraba como aquel cigarro se consumía poco a poco en su mano, y como aquel café se enfriaba en una vieja taza de porcelana, que había sido de su abuela...
Cuando pensó en su abuela notó un nudo en la garganta, sabía que no le gustaría en lo que se había convertido, sabía que la defraudaría, ni siquiera se gustaba a ella misma, de echo, ya no le gustaba nada, no, ya no le prestaba atención a nada...
Simplemente, estaba por estar. Ausente e impasible a todo.
Pero otra vez, ignoró sus pensamientos, ignoró esa sensación de vacío, como ya estaba muy acostumbrada a hacer. Demasiado, quizás ya no hubiese remedio...
Quizás ya no tenía emociones, igual que no tenía metas, igual que no tenía razones para levantarse por la mañana, para quitarse el pijama...
El gato se subió a sus rodillas, ella lo miró y lo acarició por inercia, no eran caricias de cariño, solamente pasaba la mano por su pelaje, como estaba acostumbrada a hacer, porque sí. Solo porque sí. Como todo. Como respirar.
El gato lo sabía, el gato estaba triste, pero no podía hacer nada más que intentar atraer su atención con algún que otro maullido, con algún ronroneo, sin conseguirlo.
Tarde o temprano, también se acabaría contagiando de su apatía.
Entonces, una canción entró desde fuera, conocía demasiado bien esa canción...
Un piano... Hacía ya mucho que no tocaba el piano, estaba allí en el salón, cubierto de polvo, viejo, descuidado, desafinado. Seguramente se le había olvidado. Igual que se le había olvidado escribir. Ya no sabría coger un bolígrafo y llenar páginas y páginas de una libreta, de una de sus libretas de escribir, de esas que ahora yacían en una caja de los recuerdos, en algún rincón olvidado de su armario. Todas sus palabras, todos sus pensamientos, su vida, estaba allí encerrado, junto con sus partituras...
Todo lo que le había importado alguna vez, todo lo que la había hecho sentir, estaba guardado, en un rincón, viejas fotos, diarios, discos, libros... todo.
Recordó como su vida, como ella misma, había desaparecido, como se había ido tras un coche un día gris, y como, desde aquella, simplemente, estaba por estar.
Por un momento, quiso levantarse, romperlo todo, y volver, volver. Gritar y ser.
"¿Quién mueve los hilos para volver a empezar?" -se preguntó. Desgraciadamente sabía de sobras la respuesta, pero esa sensación desapareció tan rápido como vino, no se sentía con ánimos de volver a luchar, estaba cansada, quizás mañana...
Le gustaba mucho mentirse a si misma.
El tiempo lloraba y dolía, pero nunca dejaba de pasar. Aunque ahora ya le daba igual.
En realidad, no le estaba prestando atención, simplemente, miraba como aquel cigarro se consumía poco a poco en su mano, y como aquel café se enfriaba en una vieja taza de porcelana, que había sido de su abuela...
Cuando pensó en su abuela notó un nudo en la garganta, sabía que no le gustaría en lo que se había convertido, sabía que la defraudaría, ni siquiera se gustaba a ella misma, de echo, ya no le gustaba nada, no, ya no le prestaba atención a nada...
Simplemente, estaba por estar. Ausente e impasible a todo.
Pero otra vez, ignoró sus pensamientos, ignoró esa sensación de vacío, como ya estaba muy acostumbrada a hacer. Demasiado, quizás ya no hubiese remedio...
Quizás ya no tenía emociones, igual que no tenía metas, igual que no tenía razones para levantarse por la mañana, para quitarse el pijama...
El gato se subió a sus rodillas, ella lo miró y lo acarició por inercia, no eran caricias de cariño, solamente pasaba la mano por su pelaje, como estaba acostumbrada a hacer, porque sí. Solo porque sí. Como todo. Como respirar.
El gato lo sabía, el gato estaba triste, pero no podía hacer nada más que intentar atraer su atención con algún que otro maullido, con algún ronroneo, sin conseguirlo.
Tarde o temprano, también se acabaría contagiando de su apatía.
Entonces, una canción entró desde fuera, conocía demasiado bien esa canción...
Un piano... Hacía ya mucho que no tocaba el piano, estaba allí en el salón, cubierto de polvo, viejo, descuidado, desafinado. Seguramente se le había olvidado. Igual que se le había olvidado escribir. Ya no sabría coger un bolígrafo y llenar páginas y páginas de una libreta, de una de sus libretas de escribir, de esas que ahora yacían en una caja de los recuerdos, en algún rincón olvidado de su armario. Todas sus palabras, todos sus pensamientos, su vida, estaba allí encerrado, junto con sus partituras...
Todo lo que le había importado alguna vez, todo lo que la había hecho sentir, estaba guardado, en un rincón, viejas fotos, diarios, discos, libros... todo.
Recordó como su vida, como ella misma, había desaparecido, como se había ido tras un coche un día gris, y como, desde aquella, simplemente, estaba por estar.
Por un momento, quiso levantarse, romperlo todo, y volver, volver. Gritar y ser.
"¿Quién mueve los hilos para volver a empezar?" -se preguntó. Desgraciadamente sabía de sobras la respuesta, pero esa sensación desapareció tan rápido como vino, no se sentía con ánimos de volver a luchar, estaba cansada, quizás mañana...
Le gustaba mucho mentirse a si misma.
jueves, 16 de agosto de 2012
Quizás todos estemos equivocados.
Quizás el mejor lugar sea el viento.
Lejos de cielo, mar y tierra. Lejos de todo lo que conocemos, o lo que creemos conocer.
Lejos, simplemente, lejos.
Lejos de cielo, mar y tierra. Lejos de todo lo que conocemos, o lo que creemos conocer.
Lejos, simplemente, lejos.
jueves, 5 de julio de 2012
viernes, 25 de mayo de 2012
Días
Caía en el vacío, cada vez más ausente, cada vez más lejos... Apoyada en aquella ventana, mientras observaba la niebla que cubría aquel día lleno de nostalgia, se alejaba del mundo real. Poco a poco. Elevándose con cada nota de aquel lejano piano...
Sonaban aquellas canciones, aquellas que hacía tanto tiempo que no escuchaba. Y con cada acorde, traían un recuerdo, y con cada silencio, una vieja duda. Un viejo fantasma.
Una vieja mentira.
Una vieja mentira.
No distinguía el cielo de la tierra, todo era gris. No había lluvia, no hacía frío. Solamente la niebla cubría cada rincón, y el viento, soplaba más fuerte que nunca.
Y de pronto, la canción subió, 1, 2, 3... Arriba. La canción empezó a acelerar. Miles de arpegios sacados de la historia más trágica del mundo, llenaron aquella habitación poblada de tormentas, aquella habitación que la oprimía... Y de pronto, ella empezó a llorar. La ventana se abrió de repente, dejando entrar el frío, y el aire... Y se puso a llover, llovió y llovió. Y ella lloró. Lloró todo lo que tenía dentro, le gritó al viento todas y cada una de esas cosas que nunca había dicho, todas y cada una de esas cosas que pensaba cada vez que tocaba las teclas de su viejo piano. Gritó, gritó y aquel laberinto de pensamientos sin sentido que le encadenaba los ojos, se fue deshaciendo poco a poco, y mientras la canción bajaba, y se iba volviendo más lenta, todo se calmaba, y con el final, con aquella última y delicada nota, el viento se llevó la última lágrima, dejando un suspiro tras de si, y cerró la ventana.
Pensó, pensó y nunca dijo.
Una sensación de libertad recorrió su cuerpo, a pesar de que ya había aceptado que nunca somos libres del todo, pues siempre hay límites, siempre hay ataduras...
Siempre hay sentimientos.
Pensó en aquello que una sirena le había dicho una vez: "Siempre pensamos en el cielo como en la libertad, como en una posibilidad de escapar... Pero ni siquiera él es libre, está condenado. Condenado a ver siempre amanecer el Sol por el mismo sitio, y anochecer la Luna por el contrario... Siempre"
¿Qué significa ser libre?- pensó- Ya está todo inventado y catalogado, ya no se necesita nada más que caminar por el camino marcado, no pensar. Se hace lo que se dice que"se debe", y quién se sale de la senda no es bienvenido. Lo que se debe, lo que no, y en los mejores y más raros casos, lo que se quiere.
Pensó en que eso era la libertad, vivir la vida tal y como uno quiere, pero sin perjudicar a nadie más. Ninguna persona es superior a otra, nadie está por encima de nadie, y cuando antes entienda eso el mundo, todo irá mucho mejor, todo cambiará...
Pensó en que la libertad era una sonrisa.
Una sonrisa que contesta a otra, y un brillo en los ojos.
La libertad...
Siempre hay sentimientos.
Pensó en aquello que una sirena le había dicho una vez: "Siempre pensamos en el cielo como en la libertad, como en una posibilidad de escapar... Pero ni siquiera él es libre, está condenado. Condenado a ver siempre amanecer el Sol por el mismo sitio, y anochecer la Luna por el contrario... Siempre"
¿Qué significa ser libre?- pensó- Ya está todo inventado y catalogado, ya no se necesita nada más que caminar por el camino marcado, no pensar. Se hace lo que se dice que"se debe", y quién se sale de la senda no es bienvenido. Lo que se debe, lo que no, y en los mejores y más raros casos, lo que se quiere.
Pensó en que eso era la libertad, vivir la vida tal y como uno quiere, pero sin perjudicar a nadie más. Ninguna persona es superior a otra, nadie está por encima de nadie, y cuando antes entienda eso el mundo, todo irá mucho mejor, todo cambiará...
Pensó en que la libertad era una sonrisa.
Una sonrisa que contesta a otra, y un brillo en los ojos.
La libertad...
jueves, 10 de mayo de 2012
Visitas
Olía a verano, por fin, después de tantos días de intensa lluvia, llegaba. Llegaba el Sol y su aire caliente, el olor a mar y a hierba recién cortada.
Caminaba yo por las decadentes y encantadoras calles de aquella vieja y abandonada ciudad, donde los coches paraban para dejar pasar a un gato que paseaba a la sombra... Me encantaba. Me encantaba vagar por ella, dejarme llevar por sus callejones, callejuelas y barrios escondidos. Entre esas casas misteriosas...
Adoraba aquella ciudad.
Nadie lo entendía... Pero me encantaba, porque cada día, si te fijabas bien, encontrabas nuevos lugares. Nuevos lugares para tomar el Sol, para ver amanecer y anochecer, nuevos lugares para pasear, descansar y escribir. Si te fijabas bien, encontrabas cada día nuevas casas abandonadas que explorar, nuevos tejados a los que subir, una ventana fugitiva en la que nunca habías reparado, un balcón con flores, una casa escondida tras un árbol, un sitio nuevo para esconderse, un nuevo edificio, una puerta abierta hacia los secretos de una vieja casa...
Sonreía mientras danzaba por aquel recóndito lugar perdido, y de pronto, aparecí frente a mi antiguo colegio. El viento sopló una caricia, suave, y un olor a campo, a juegos y a sueños, llegó hasta mí... Sonreí, respiré, y me asaltó el recuerdo de aquellas fantasías infantiles. Seguía siendo igual de ingenua y soñadora a pesar de todo.
Me quedé allí un buen rato, mirando aquellas clases encantadas de risas y colores, aquel parque, la pista y el campo donde solíamos jugar, donde inventábamos mil y una historias. Nuestro árbol... El sauce llorón que había guardado nuestros secretos durante tantos años.
Un suspiro recorrió mi corazón y una lágrima inundó mi cuerpo. La nostalgia y la felicidad pasadas volvían a invadirme... Decidí despedirme con un "Hasta pronto" y seguir con mi camino sin rumbo. Y de pronto, absorta en mis pensamientos, casi sin darme cuenta, llegué al puerto. Decidí quedarme, un rallo de inspiración iluminaba mis ojos, necesitaba coger un bolígrafo.
Ya había ajetreo a aquellas horas de esa dulce mañana, y algunos marineros que preparaban su barco para zarpar, me saludaron. Claro, al fin y al cabo, yo era la loca que siempre iba a escribir a uno de sus muelles.
Sentí la brisa en la cara y suspiré. Los rizos por un momento me taparon la visión...
La marea estaba más alta que de costumbre, y, como siempre, se me partió el alma al ver en aquel sitio mágico el agua tan sucia... Nunca podría asimilarlo. Pensé en que algún día haría algo por ella.
Caminé hacia mi pequeño rincón de los sueños. Me saqué la mochila, me senté y me puse a escribir...
Por primera vez en mucho tiempo, la inspiración vino a visitarme. Y allí estuve, sin darme cuenta de los pasos de las agujas del reloj, sin darme cuenta de nada más que las palabras que fluían por mí, el calor, el sonido del mar, y el viento en la cara... Hasta que de pronto un barco salió del puerto, y unas olas movieron aquellas tablas de madera donde estaba sentada. Miré el reloj y me di cuenta de lo tarde que era, y de que me dolía la muñeca. Decidí recoger, e irme. Ya había acabado la historia que necesitaba liberar, que necesitaba escribir, esa que salía de dentro de mí, y ahora, las palabras necesitaban descansar...
Me levanté y contemplé el paisaje desde allí. Los barcos blancos y azules, y el puerto a juego con ellos. Las palmeras, aquel muro tan alto del baluarte, las terrazas, y el mar...
Y pensé, que dijeran lo que dijeran, en todo el universo, no había mejor sitio que aquel para pasar el verano. Donde el viento habla, el Sol arropa y todo es encantador.
Caminaba yo por las decadentes y encantadoras calles de aquella vieja y abandonada ciudad, donde los coches paraban para dejar pasar a un gato que paseaba a la sombra... Me encantaba. Me encantaba vagar por ella, dejarme llevar por sus callejones, callejuelas y barrios escondidos. Entre esas casas misteriosas...
Adoraba aquella ciudad.
Nadie lo entendía... Pero me encantaba, porque cada día, si te fijabas bien, encontrabas nuevos lugares. Nuevos lugares para tomar el Sol, para ver amanecer y anochecer, nuevos lugares para pasear, descansar y escribir. Si te fijabas bien, encontrabas cada día nuevas casas abandonadas que explorar, nuevos tejados a los que subir, una ventana fugitiva en la que nunca habías reparado, un balcón con flores, una casa escondida tras un árbol, un sitio nuevo para esconderse, un nuevo edificio, una puerta abierta hacia los secretos de una vieja casa...
Sonreía mientras danzaba por aquel recóndito lugar perdido, y de pronto, aparecí frente a mi antiguo colegio. El viento sopló una caricia, suave, y un olor a campo, a juegos y a sueños, llegó hasta mí... Sonreí, respiré, y me asaltó el recuerdo de aquellas fantasías infantiles. Seguía siendo igual de ingenua y soñadora a pesar de todo.
Me quedé allí un buen rato, mirando aquellas clases encantadas de risas y colores, aquel parque, la pista y el campo donde solíamos jugar, donde inventábamos mil y una historias. Nuestro árbol... El sauce llorón que había guardado nuestros secretos durante tantos años.
Un suspiro recorrió mi corazón y una lágrima inundó mi cuerpo. La nostalgia y la felicidad pasadas volvían a invadirme... Decidí despedirme con un "Hasta pronto" y seguir con mi camino sin rumbo. Y de pronto, absorta en mis pensamientos, casi sin darme cuenta, llegué al puerto. Decidí quedarme, un rallo de inspiración iluminaba mis ojos, necesitaba coger un bolígrafo.
Ya había ajetreo a aquellas horas de esa dulce mañana, y algunos marineros que preparaban su barco para zarpar, me saludaron. Claro, al fin y al cabo, yo era la loca que siempre iba a escribir a uno de sus muelles.
Sentí la brisa en la cara y suspiré. Los rizos por un momento me taparon la visión...
La marea estaba más alta que de costumbre, y, como siempre, se me partió el alma al ver en aquel sitio mágico el agua tan sucia... Nunca podría asimilarlo. Pensé en que algún día haría algo por ella.
Caminé hacia mi pequeño rincón de los sueños. Me saqué la mochila, me senté y me puse a escribir...
Por primera vez en mucho tiempo, la inspiración vino a visitarme. Y allí estuve, sin darme cuenta de los pasos de las agujas del reloj, sin darme cuenta de nada más que las palabras que fluían por mí, el calor, el sonido del mar, y el viento en la cara... Hasta que de pronto un barco salió del puerto, y unas olas movieron aquellas tablas de madera donde estaba sentada. Miré el reloj y me di cuenta de lo tarde que era, y de que me dolía la muñeca. Decidí recoger, e irme. Ya había acabado la historia que necesitaba liberar, que necesitaba escribir, esa que salía de dentro de mí, y ahora, las palabras necesitaban descansar...
Me levanté y contemplé el paisaje desde allí. Los barcos blancos y azules, y el puerto a juego con ellos. Las palmeras, aquel muro tan alto del baluarte, las terrazas, y el mar...
Y pensé, que dijeran lo que dijeran, en todo el universo, no había mejor sitio que aquel para pasar el verano. Donde el viento habla, el Sol arropa y todo es encantador.
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