viernes, 30 de septiembre de 2016

When you feel so tired but you can't sleep



Hay días en los que te acuestas mirando al techo y pierdes la noción del tiempo. 
Ni siquiera escuchas música, te quedas sin ganas, no eres capaz de cerrar los ojos, ni de distraerte con nada... Pero tu corazón no deja de latir a mil por hora y te duele el estómago. 
De pronto, te atrapan todos los pensamientos que evitas poner al sol, como si sugirieses que durante el día no existen, como si pudieras olvidar aquello en lo que piensas cuando dejas la mirada perdida. Como si hubieses creído que nunca iban a volver.
Las cosas se vuelven más pequeñas a tu alrededor, excepto la angustia, que crece en tu pecho como agua derramada, como una mancha de tinta sobre papel.
La sombra de todo aquello que añoras se tiende a tu lado y te abraza. Te recuerda todos los errores, las palabras a deshora, los cabos sueltos... Que no hay nadie más en la habitación. Te revuelves un poco, pero no te suelta. 
Ponte cómodo porque esta noche no vas a dormir.
Y ante todo eso, te preguntas ¿por qué? Pero tú no sabes que respuesta darte. O al menos, no quieres saberlo, y respiras hondo, tratando de pensar en otra cosa... pero no puedes. Eres incapaz de escapar a esa telaraña de recuerdos tristes, de decepciones continuas. De vacíos.
La luna sabe, igual que tú, que a ella no puedes mentirle, que en el fondo sabes la verdad, y que no vas a poder escapar de ella. Te acabas dejando llevar e intentas encontrar explicaciones y soluciones que quizás ya no tengan importancia o remedio. 
Pero qué demonios, después de todo, no lo vas a dejar pasar esta vez. Después de todo, no te queda otra opción que no sea seguir adelante con el paso firme, la cabeza alta y sin miedo. Porque no vas a volver a quedarte con las ganas.
Los milagros no existen, pero nosotros sí.

viernes, 1 de julio de 2016

Un buen día, descubrí que hay lágrimas que se clavan en lo más profundo del corazón y jamás desaparecen. Lágrimas de dolor, que crean acantilados, que dejan brechas abiertas toda la eternidad. Se aferran, y acabas por acostumbrarte, las olvidas, pero vuelven, en diferentes momentos, en diferentes vidas, suspiros... Pero siempre son las mismas. Siempre el mismo dolor agudo que te deja sin respirar, la misma melodía irónica. El mismo miedo.

Hay un violín dentro de mí que me araña todos los esquemas, haciendo sangrar hasta el más bonito sentimiento, rompiendo todos mis muros. Despacio, disfrutando de cada sollozo... Haciendo que el silencio grite la ausencia, que el vacío reine, que nadie escuche.
Haciendo que el aire sea tu muerte, que te ahogue, hasta que no tengas más opciones.
Sus cuerdas son canciones tristes, son como una tormenta desgarradora que disfruta de su paseo por tu piel, con toda su inmensidad, descansa mientras tú te rompes, deja caer todo su peso y la banda sonora de tu vida se vuelve violeta, azul marino... Se cuela dentro de ti.
Descansa, mientras te hundes en la oscuridad, mientras no puedes gritar.

Supongo que es el precio a pagar cuando te has enamorado de la soledad, cuando disfrutas del sabor amargo de la melancolía, del blues. Haciendo de la tristeza un vicio inspirador. Guardándote. Aprovechando cada silencio, cada movimiento efímero de la naturaleza.
Supongo que es lo que toca cuando tienes dentro más tinta que sangre, más melodías que aire, cuando te escoges.

Suerte que hay un piano que te devuelve la calma, y un arpa que siempre trae de vuelta los sueños.
A veces, marcharse no es huir, es encontrar.
Lo mejor, es disfrutar de uno mismo. Por mucho que mate, la resurrección vale la pena.

miércoles, 4 de febrero de 2015

Una silla y una mesa blancas puestas frente una ventana tras la que se veía el mar, y se reflejaba su interior. La suave música de las olas... La respiración del universo.
Un anochecer que encoge lo más intenso del estómago.
La naturaleza.
Ella lloraba y no sabía por qué, pero aprovecha para atribuirle una lágrima a cada una de sus tristezas.Y se vaciaba, poco a poco, para poder respirar el placentero agobio de la nostalgia.
Escribe rápido y sin parar, plasmando miles de enredaderas destrozadas, que ya jamás podrán hacer de cadenas. Vaciaba sus venas de tinta. Llenaba de explosiones su corazón.
En realidad, es posible que llorase de felicidad. Estaba por encima, y a la vez, sometida, a esas sensaciones traicioneras que hacen fuertes a los poetas y débiles a los guerreros.
Eran sus peores y mejores alianzas. Porque desde luego ella tenía mucho de poeta guerrera.
Y siempre tendría algo por lo que vivir.

Drawing

Echaba de menos que me consumieran las líneas. Que estos grandes relojes de arena se convirtiesen en infinitos, mimetizándose poco a poco con la eternidad.
Café, pasar el tiempo entre hojas y música. Sin que nada más importe que dejar la mirada perdida en el bolígrafo, y que este te lleve a donde no tienes ni idea de que quieres llegar.
La palabra perfecta es perder(se). Para poder llorar, y con cada gota de agua, crear. Para levantarte de nuevo y apreciar sensaciones únicas de la rutina. Para que esta misma desaparezca. Para que nadie nos gane jamás. Para seguir, gritar...
Para poder volver a encontrarme, aún creyendo que nunca iba a regresar.
Pero escribo, y me doy cuenta de que sigo aquí, aunque , a veces, sea difícil reconocerse entre tanto alboroto.
Odio echarme de menos tan a menudo y no hacer nada para remediarlo. Pero eso, igual forma parte de este triángulo vicioso al que me gusta someterlo todo. Y eso, en realidad, significa que jamás me había ido.

martes, 30 de diciembre de 2014

Maggie May - Rod Stewart

Me apetecía escribir, y con los 70 contados en forma de corcheas, eché a caminar por algunas líneas abandonadas de mi mente.
Ese sol de invierno convirtiendo el frío verde en primavera. Esos instantes que solo se disfrutan al máximo suspirando fuerte o echando todo el aire en una carcajada, en una canción o en un baile.
Había olvidado muchas cosas.
Lo bonito de caminar sin reloj y el incesante sonido de sus agujas. Lo bonito de dejarse llevar por el viento y las ganas de inventar sueños en otros mundos.
Había olvidado lo que eran las flores moviéndose al compás de los pájaros. Los ánimos de la helada brisa, que me pone la nariz roja y me recuerda lo mucho que me gusta ponerme bufandas. Lo mucho que me gusta esta estación, igual que todas.
Había olvidado lo que era leer con las manos congeladas, pero sin ponerme guantes porque no hay caricia más suave que la de un libro.
El paisaje te envuelve y crea el decorado. Tú pones todo lo demás. Y la banda sonora sabe lo que tiene que hacer.

jueves, 4 de diciembre de 2014

Terciopelo

Cuentan los grandes atardeceres que los leones tienen ojos de lucha y terciopelo.
Melena de rugido y pasos de rey.
Levantan la vista y toda su alma se refleja en la tuya, 
y ambas,
se acumulan en las pupilas que custodian el universo.
Infinita naturaleza que resurge, que palpita.


Palabras al azar

Sinuoso narcisismo el de la luna, que sabe quién es, pero no lo reconoce, y se hace la despistada con la mirada perdida en el horizonte.
Solamente se deja caer, reflejándose en el agua, acariciando la piel de las flores
y las musas.
Despacio.

Sinuoso narcisismo el de los dioses,  el de las esculturas griegas y sus concursos de inspiración.
El del viento y la brisa, que únicamente cuando hay tempestad muestran su verdadero poder.
Y los dioses se muestran en su venganza, y la luna reinando llena en el cielo.
Como los poetas en el amor.

Rebelde narcisismo el de las rosas y el mar. Altivos. Fuertes.